El Cine en Petatlán y Zihuatanejo

cine-petatlan-zihuatanejo

Foto : Yo Amo Peta

La amistad es un cultivo paciente, comprensivo, tolerante y gratificante, en todos los órdenes de la vida; en este ejemplo, los lazos amistosos con el protagonista de esta historia han sido perennes como la hierba, bajo las coincidencias de la política, la historia y el afán del servicio comunitario… Alejandro Tena Serna guarda en su corazón y en sus recuerdos una de las historias más hermosas de la Costa Grande, que rescata la raíz más romántica y social de nuestra tierra… El origen del cine en Petatlán y de Zihuatanejo, y en sus remembranzas dejamos esta crónica novelesca.

Mi abuelo paterno fue don Máximo Tena Villagómez, era originario de tierras michoacanas y tuvo como principal oficio la arriería, transportando mercancías en mulas y burros, durmiendo bajo los árboles frondosos del campo y en las estancias familiares del tiempo, sobre esta bendita tierra, allá por los años de 1920 y 1930.

Como lo marca la ley de la vida, él llega a casarse con una señora de Pantla y juntos deciden establecerse en el poblado de Petatlán. Y precisamente el 22 de abril de 1922, nace mi padre, don Adalberto Tena Palacios, en el inolvidable “lugar de petates”, y que fue su gran acompañante y ayudante en el cultivo de las tierras familiares.

En aquellos tiempos, los lugareños costeños se dedicaban a las labores del campo, pues Petatlán era una población eminentemente agrícola que se empeñaba en cultivar los cocoteros, principalmente, pues durante décadas fue la fuente de sostenimiento económico para toda la franja costera de México, sin olvidar la siembra de ajonjolí y maíz, entre otros productos agrícolas.

De la misma forma, la comunidad petatleca sostuvo el comercio regional, pues ahí iban a abastecerse las familias y los mercados de Zihuatanejo, San Jeronimito, Juluchuca, La Barrita y Coyuquilla, además de toda la región serrana, en donde los principales comerciantes eran don Luis Lluck, padre e hijo, don Rosendo Rebolledo y doña Chepita Valdeolívar, quien junto a su hijo Imeldo Ocampo, ofrecían sus productos de abarrotes en los tendajones del pueblo.

En este último caso, recuerdo que Imeldo fue la primera persona que compró una planta generadora de luz y que ofrecía este servicio a la comunidad, allá por los años 50´s y 60´s siendo la hermosa costumbre de iluminar a la población entre las 7 u 8 y hasta las 11 de la noche, tras lo cual daba dos apagones para avisar que se terminaba este servicio y del tercero quedaba el pueblo en santa paz, listos para descansar de las labores del día, bajo una mágica costumbre bucólica.

En ese tiempo y en toda la Costa Grande, las únicas distracciones eran la radio, de los que llegaron a tener el aparato transmisor, y el cine, en cada población más o menos grande, que en el primer caso fue el señor Orta quien emitía las transmisiones radiofónicas y, en el segundo ejemplo, fue mi abuelo y mi padre, como se los relato.    

Así, la vida pasa inexorablemente, mi padre crece y llega a casarse con mi madre: doña Fé Serna Maciel, con la que convivió toda su vida y, juntos, sostuvieron una unión matrimonial hermosa, llena de amor y de trabajo y ante muchas vicisitudes existenciales… La mayoría de alegría y armonía, dando vida a sus hijos Jorge Adalberto, Alma Rosa, Alejandro y Jazmín.

En este caudal de recuerdos están los años 40´s, cuando llega del norte del país a Petatlán un telegrafista que se llamó don Gilberto y que traía una visión más completa de las zonas urbanas mexicanas; don Gil le pregunta a mi abuelo y a mi padre si habían oído hablar del cine, por lo que ellos contestan que no.

Acto seguido, platican sobre sus ideas y conocimientos acerca de la cinematografía que se exhibía en las grandes ciudades del centro y norte del país, y así, acuerdan una sociedad, en la que don Gilberto ofrecía las propuestas y contactos pertinentes en la cuestión cinematográfica y mi abuelito y mi padre ponían el capital.

De esta manera, una noche del 6 de marzo de 1946 se inaugura y se exhibe la primer película por estas tierras costeñas, en un corral que era de la familia Anzo, en el mero “corazón” de Petatlán. Esta es una de las raíces más significativas de la tierra costeña, pues fueron centenares de personas que asistían con regularidad a estos eventos comunitarios.

De esta forma, dando las 8 de la noche o bien ante la inminente oscuridad, iniciaba la exhibición de películas adonde se lucía la serie futurista “Comando Code”, cuyos personajes portaban tanques en la espalda; también conocimos las actuaciones de los grandes artistas mexicanos de la época como: “El Santo y sus grandes aventuras justicieras”, “El Águila Negra” con Luis Aguilar, “El Látigo Negro” con Fernando Casanova, actores como Miguel Aceves Mejía y su gran falsete; cómo olvidar las películas del fenómeno de la actuación, don Joaquín Pardavé en la “época de oro” del cine mexicano y la presentación del ídolo de México: Pedro Infante, con todas sus actuaciones magistrales. Todas estas películas pasaban a verlas por $1.00 por dos películas y en los días domingos serían por tres películas por ese peso de “Morelos”, de pura plata de la buena, de aquellos ayeres.

Pero el destino sigue su curso y los intereses cambian, pues en 1948 se disuelve la sociedad inicial de la incipiente industria cinematográfica, cuando mi papá va liquidando monetariamente a don Gilberto para proseguir su empresa por sí solo.

Para principios de los 50´s, mi padre edifica un cine rústico y en 1953 pone a disposición del pueblo una sala techada con láminas de cartón, ante la algarabía social.

En 1961, el negocio tiene algunas diferencias y crisis con el distribuidor de películas en la Costa Grande, pues el responsable es don Pedro Bello Sotelo, quien tenía y mantenía los cines de Tecpan de Galeana, de Atoyac y San Jerónimo, como buen conocedor del negocio y, más adelante, muere este señor y le deja el manejo a su sobrino Ladislao Sotelo Bello, ya aumentado con los cines de Papanoa y San Luis, lo que vino a ahondar estos desacuerdos y a acabar el intercambio de intereses.

Pero la función tenía que seguir… Mi padre insiste en divertir a sus paisanos e inmediatamente entra en contacto con un distribuidor de México, que a la postre sería una persona muy estimada por él, ya que don Alejandro Sotelo se convierte en su compadre por racimo, pues fue padrino de todos mis hermanos y mío y, sobre todo, en su distribuidor autorizado, tanto así, que se crea en Petatlán el Cine “Atenas”, que es un nombre compuesto por iniciales como A por Alejandro del compadre, Tena por el apellido de mi padre y S por el apellido Serna de mi madre.

Aquí haré un paréntesis existencial, por los recuerdos gratos e inolvidables de esta bendita tierra, ya que nuestra niñez fue muy pero muy feliz, pues junto con mis hermanos y amigos nos íbamos a pescar y a sacar camarones al río, a bañarnos a la poza de “Los Guayabos”, en donde había un paredón de donde nos tirábamos brincos y los más osados de clavado, pues había que librar una piedra como de 3 metros y caer a la pozota, o bien, pedaleábamos hasta la Barrita o a San Jeronimito, sobre terracería… Por cierto, esa poza se perdió en una creciente que hubo, me parece que en 1965, pues en toda la parte baja del Barrio de la Hoja se derrumbaron las casas, lo que con el tiempo dio lugar a que se fundara la colonia Gustavo Díaz Ordaz, ahí por la Y griega, con rumbo hacia Acapulco.

También veníamos de visita a Zihuatanejo, con mi tía Lupita Serna Maciel, quien se vino primero, allá por los años 30 (en estos momentos vive sus 95 años) y aquí, con sus dos únicas calles: la “Cuauhtémoc” y “Nicolás Bravo”, con sus colonias más grandes como Agua de Correa, que era la concentración mayor de personas, junto a “La Noria”, llena de familias de pescadores, buzos y lancheros.

En esos momentos, las coordenadas del tiempo cruzan sus tiempos y espacios y, para principios de los años 70 se detona el destino turístico de Zihuatanejo, al edificar y promover Ixtapa, el Aeropuerto Internacional y la cascada de beneficios que traen… Entonces mi padre decide venir a probar suerte y buscar el progreso del puerto.

cinema-paraiso-zihuatanejo

El cine en Zihuatanejo era de mi tío, hermano de mi papá, que por admirar siempre la ciudad de Río de Janeiro, por sus carnavales y alegrías, bautiza a su sala como Cine “Janeiro” y, más adelante, se lo vende a mi padre, cuyo nombre cambia en 1990, por el de cine “Paraíso”, con sus bancas de madera, sin techo y en declive hacia el frente de la sala, que en tiempos de lluvias se encharcaba y ahí se criaban ranas y grillos con sus sonoros sonidos naturales.

A la vez y en las noches lluviosas, la gente no faltaba, se llevaban sus impermeables y paraguas para aguantarse, o bien, cuando la luna llena se reflejaba en la pantalla y tenía algún brillo, se aguantaban hasta el final de la película, con sus gritos del “¡Cácaro, no te duermas!”, y los silbidos con recordatorios maternales… Aquí recordamos a todos las personas que colaboraron y ayudaron a mi padre, como Miguel, que está todavía con nosotros, Jesús Amaro “El Guajiro”, que empezó su propia compañía en los terrenos baldíos del puerto, Rogaciano Peregrino, que le decíamos “El Huapanguero”, también José, de San Luis la Loma, Chano que, afortunadamente,  todavía vive y mi primo-hermano Rafael Tena, con mi gratitud de siempre.

Después, viene una crisis, pues aparecen las videocaseteras y, la historia todos la saben, hasta la fecha… En el período de Fidel Gutiérrez Gordillo se construyen los cinemas que entregan a

La Compañía Operadora de Teatros y, más tarde, se puso el cine “Tropical”, ya desaparecidos todos, pero que forman parte de la historia del cine en Zihuatanejo.

Y así, mis padres, con las funciones de cine y vendiendo paletas, helados y dulces exquisitos, nos dieron estudio, trabajo, amor y comprensión, a mis hermanos y a un servidor.”

Y aquí se cierra una página encendida de la historia de nuestro bello puerto, que gracias a la familia Tena Serna, se tuvo la opción comunitaria cinematográfica, desde los años 60 a la fecha, que llenó de risas, llantos, emociones, desvelos y tremenda diversión, a los moradores de Zihuatanejo, sí, del hermoso “lugar de mujeres”.

COMETARIOS

Comentarios

  1. Era tanta la emoción de los pequeños que cuando venia el tren hacia uno, muchos corrieron asustados que hasta les dió calentura. Eso era inocencia pura, vida, familia. Que bonitos tiempos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *