Charla de Café con José Azueta

La cita se programó para las cinco de la tarde en un céntrico café del puerto de Zihuatanejo.

Como si fuera tertulia inglesa de té de dos lores flemáticos. Mientras saboreaba un sorbo de la bebida aromática recién traída por la mesera, lo vi acercarse a la mesa y lo identifiqué de inmediato.

El joven de tez morena clara con su uniforme de saco azul marino con sus distintivos, anclas doradas en las solapas y pantalón blanco, más parecía un preparatoriano en su graduación, o un chambelán de quinceañera costeña, que el joven cadete guerrerense que murió por las heridas producidas en la invasión estadounidense al puerto de Veracruz en 1914, el teniente José Azueta Abad.

-¡Bienvenido joven Azueta!–me levanté para saludarlo de mano-. Gracias por venir.

-En realidad no pensaba acudir pero me lo pidió mi padre, el comodoro Manuel Azueta –contestó seco el joven Azueta mientras se sentaba y recibía su taza de café. Sorprendido, observaba los automóviles y el tipo de ropa de los mexicanos del siglo XXI.

-Debo decir joven Azueta –con un comentario amistoso traté de romper el hielo-, que siendo usted un héroe de la Marina, Armada de México, pensé que su grado era de teniente de corbeta, de fragata, o de navío, sin embargo, usted –a pesar de la diferencia en edades procuré no tutearlo-, tenía el grado de Teniente Táctico de Artillería por la Secretaría de Guerra y Marina.

-Así es, y poco antes de morir fui ascendido al grado inmediato superior, Capitán Segundo Táctico de Artillería –respondió el joven Azueta después de beber un sorbo del brebaje negro.

-Ya llegaremos a esa parte joven Azueta, antes me gustaría escuchar sobre su nacimiento en nuestro querido estado de Guerrero –pretendí conducir la charla de manera informal, que no la sintiera como una rígida entrevista con todo y cuestionario.

El fantasma del teniente José Azueta entrecerró los ojos para buscar las palabras sobre su origen.

-Para hablar de mí, hay que hablar primero de mi padre, Don Manuel Azueta Perillos, que ingresó al Colegio Militar en 1878. En Tampico conoció a mi madre Doña Josefa Abad Fernández, originaria de Galicia, España. Se casaron en España en 1887, y procrearon siete hijos: Rosario, Manuel, María del Carmen, Leonor, Tomás, Víctor Manuel y yo, que fui el cuarto. Mi padre Manuel Azueta recibió instrucción naval viajando en el extranjero como España e Inglaterra. Estuvo en el apostadero de Filipinas entre 1885 y 1886; cursó estudios de torpedos en Cartagena, Colombia. Sustentó su examen profesional en la Escuela Naval de Ferrol en España en 1887. Al regresar a México fue nombrado subteniente por su magnífica carta de estudiante y oficial; poco después ascendió a teniente. En 1904 ya era capitán de navío. Fue profesor en el Colegio Militar de Chapultepec. En 1912 se levanta en armas Félix Díaz contra el presidente Madero y mi padre, ya con el grado de Comodoro (oficial al mando de una división naval) y Director del Arsenal Nacional, ordena que los buques de guerra fondeados en el puerto de Veracruz no secundaran el movimiento, declarándose leal al gobierno y Félix Díaz fue apresado…

-Una excelente hoja de servicio –comenté interrumpiendo su reflexión.

-Regresando a su pregunta, usted quiere saber de mi nacimiento –el joven Azueta tomó otro sorbo de café-. Por el trabajo de mi padre la familia se encontraba en Acapulco cuando yo llegué al mundo el 2 de mayo de 1895, en una casa muy cerca del malecón…

-Conozco muy bien el lugar por razones personales –volví a interrumpir-; es en la vieja calle Arteaga, hoy José Azueta, la que baja de La Quebrada a la bahía, casi esquina con Benito Juárez, por la playita de Tlacopanocha. Hay una placa afuera de la casa mencionando el hecho.

José Azueta frunció el ceño –si es que los fantasmas podían hacerlo-, por los datos que mencioné, y continuó su historia infantil:

-En esas calles cercanas a la Catedral transcurrió mi infancia jugando con los amigos. Fue entonces, que por la vida nómada de los marinos, cuando tenía yo once años de edad, dejamos toda la familia el puerto de Acapulco, mi ciudad natal, porque mi padre Manuel Azueta fue llamado para ocupar el cargo de director de la Escuela Naval Militar en el puerto de Veracruz. Pues bien, al crecer en un ambiente de actividad y disciplina militar, al ser la carrera de las armas parte importante en la vida de mi padre, era muy lógico que me empezara a llamar la atención y siguiera sus pasos. Y ya en 1909, empiezo a acudir a clases de manera no oficial en esa misma escuela, es decir, como oyente. Al igual que mi padre, al observar la férrea educación de los cadetes, eso me hizo sentir mi vocación.

-Supongo que poco después solicitó su ingreso de manera oficial a la Escuela Naval Militar.

-En 1910, a los 15 años de edad. Y la aceptación por parte del presidente de la República llegó el 17 de agosto de 1910, e inició el primer año el 1 de septiembre. Y pasa algo curioso, apenas tenía un mes en clases como alumno, cuando presenté el 13 de octubre, otra solicitud a la dirección de la escuela y a la Secretaría de Guerra y Marina donde mencioné que estaba preparado para presentar el examen correspondiente al primer año, debido a que en mi calidad de oyente conocía las materias y podía aprobar para ascender al segundo grado. Mi solicitud se aceptó y obtuve excelentes calificaciones –el joven Azueta hizo una pausa en sus remembranzas sin dejar de observar a la gente pasar por la banqueta y parece que le molestó, aunque nada dijo, ver a un hombre anglosajón, seguramente un turista gringo. Volteó a otro lado y tomó otro sorbo de la bebida aromática-. ¡Qué bueno está este café!

-Café guerrerense joven Azueta, tan bueno como el veracruzano –dije sonriendo.

-Y así se desarrolla mi instrucción naval. Recuerdo mis prácticas en mis primeros embarcos. El 18 de junio de 1911 a bordo del velero ‘Yucatán’, desembarcando el 18 de agosto; luego en el cañonero ‘Morelos’ el 16 de junio de 1912, y desembarcando el 14 de agosto del mismo año. Y volví a realizar otra navegación en el velero ‘Yucatán’ del 16 de junio al 31 de julio de 1913. Barcos que mi padre había traído desde Inglaterra, inaugurado y destinado a las prácticas de los alumnos de la prestigiada Escuela Naval Militar.

¡Cómo disfruté mis prácticas izando las velas y sintiendo la brisa marina en mi rostro, con rachas por sotavento!

-Si no me equivoco, a fines de 1913 solicita su baja de la Escuela Naval Militar…

El joven Azueta niega tristemente con la cabeza mientras recuerda este hecho.

-Mi conducta no era la mejor y por bajas calificaciones solicito mi baja el 23 de noviembre de 1913 y pido mi traslado al Ejército como oficial de Artillería, solicitud aprobada el 9 de diciembre del mismo año. Causo alta en la Batería Fija de Veracruz con el grado de Teniente Táctico de Artillería demostrando capacidad y aplicación en el manejo de las armas. Después que tomé la decisión de darme de baja de la Marina, Armada de México, platiqué con el capitán de navío Rafael Carrión sobre las razones para solicitar mi cambio. Él me apoyó con una carta de recomendación muy importante dirigida a las más altas autoridades militares.

¿Recuerda joven Azueta cómo inició el conflicto con Estados Unidos?

-Supongo que usted lo estudió en la escuela y ya lo olvidó –me reprochó un poco-. Todo inicia con el incidente de Tampico.

¿El incidente de Tampico?

Poco después de la muerte del presidente Madero junto con el vicepresidente Pino Suárez ocurrida el 22 de febrero de 1913, asume la presidencia de Estados Unidos el demócrata Woodrow Wilson el 4 de marzo del mismo año, quien, como todos los presidentes de ese país, adopta una política de doble cara: moralista por un lado e imperialista por el otro; Wilson, que nunca reconoció el gobierno del presidente Victoriano Huerta, empieza a presionar para que renuncie voluntariamente en una política de “vigilante espera”.

Pues bien, el 9 de abril de 1914, un barco estadounidense, el ‘Dolphin’, intentó abastecerse de gasolina en una zona en que se libraba una batalla entre huertistas y constitucionalistas. La lancha que bajó del barco ancló sin permiso de las autoridades mexicanas y no obedeció las órdenes de hacerlo en la zona militar. Y aunque tras un breve arresto, los tripulantes fueron puestos en libertad ofreciendo las disculpas de rigor, el contralmirante gringo de apellido Mayo al mando de los 6 acorazados anclados en el puerto de Tampico, se puso picudo. Con gran astucia, al saber de la situación política entre los dos países, consciente del deterioro de las relaciones diplomáticas, aprovechó la ocasión ofrecida en bandeja de plata. El general Mayo no se conformó con las disculpas y pidió varias cosas: desaprobación formal del arresto, el castigo para el oficial que lo autorizó y que se ordenara el saludo a la bandera de Estados Unidos con salva de 21 cañonazos.

-Sólo faltó que pidiera que los mexicanos cantaran el himno de Estados Unidos con la palma de la mano en el corazón –comenté irónico.

-Y el general que ordenó el arresto se llamaba Morelos Zaragoza, que quedó en un callejón sin salida, sufriendo el peso de su nombre por los hechos de Cuautla y Puebla de nuestros héroes nacionales, por lo tanto, no se podía conducir como simple burócrata militar y con un comportamiento valiente trató de ser un buen patriota, en un conflicto que se agigantaba al no querer obedecer órdenes de un militar extranjero. Seguramente molesto con su padre por bautizarlo de tal modo, no podía mostrar cobardía y exigió los mismos honores a nuestra bandera. En los dimes y diretes para salvar la honra del país, el presidente Huerta propuso firmar un protocolo que garantizara saludos recíprocos y sucesivos de ambos países, o pactar saludos simultáneos.

-Una verdadera vacilada –agrego mientras levanto mi taza de café.

-Sí, todos sabemos que el arresto en Tampico fue el pretexto para que Wilson pudiera intervenir militarmente en el país protegiendo sus intereses. De hecho, Washington no aceptó la mediación de La Haya para resolver el conflicto.

-Hipocresía de grandes alturas…

-Entonces aparece la gota que derrama el vaso para los estadounidenses –en los ojos del fantasma del joven Azueta brilló el enojo-. El barco alemán ‘Ipiranga’, fletado por bancos franceses e ingleses, sí, el mismo que llevó a Europa al derrocado Porfirio Díaz, repleto de armas y con 17 millones de municiones para que el gobierno del presidente Huerta pudiera combatir a los constitucionalistas, intenta desembarcar en Veracruz. El contralmirante estadounidense Frank Friday Fletcher recibe instrucciones del presidente Wilson a través del Secretario de Marina estadounidense Josephus Daniels de detener al ‘Ipiranga’ e invadir el puerto el 21 de abril de 1914. A las once y media de la mañana Fletcher, sin previo aviso ni declaración de guerra ataca al puerto jarocho con 44 barcos, entre ellos los acorazados ‘Florida’, ‘Utah’, ‘Texas’, ‘Montana’, ‘Dakota’, ‘Indianápolis’, ‘New York’, ‘Rochester’, el cañonero ‘Prairie’, y dos divisiones de torpederos; y todo sin hacer la más mínima alusión al incidente de Tampico ni a los famosos saludos a la bandera de Estados Unidos. Mi querido puerto de Veracruz, puerta de entrada de invasores, primero los españoles, luego los franceses, y después los estadounidenses.

Quise recordarle al joven Azueta que su madre era española, aunque pensé que en muchas ocasiones una cosa es los que hacen los gobiernos y otra muy distinta es lo que hacen sus ciudadanos, y simplemente pregunté:

-¿Usted joven Azueta dónde se encontraba?

-En los momentos en que los estadounidenses se apoderaban de la Aduana Marítima me encontraba franco, de descanso, paseando por las calles cuando inicia la batalla, y aunque mi general Gustavo A. Mass, comandante militar de la plaza, por instrucciones del presidente Huerta, había ordenado horas antes evacuar el puerto, yo me dirigí a la Escuela Naval, donde estaba mi padre arengando a los cadetes a prepararse para defender la plaza. Los cadetes en los dormitorios y balcones nos empezamos a atrincherar con colchones, cómodas y bancas. Así, junto con unos 90 cadetes de la Escuela Naval Militar, decidí quedarme para enfrentar a los invasores que estaban tomando la Aduana, Correos y Telégrafos. Desplacé una ametralladora de largo alcance y me coloqué en la esquina de las calles Landeros y Cos con esteban Morales, protegido por un poste de luz, pero al darme cuenta que desde mi posición no podía disparar bien, me muevo a media calle, a posición descubierta para tener una mayor visión del objetivo ante la sorpresa de mis compañeros cadetes.

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-En efecto joven Azueta, como lo señalan los historiadores, una actitud muy temeraria…

-Logró contener el avance de los estadounidenses hacia la Escuela Naval por un buen rato ocasionando varias bajas, y concentrado en el intercambio de disparos, de pronto, siento humedad y ardor en una pierna, que me hacen caer. Había sido herido. Sin importarme mi herida de bala, me levanto y vuelvo a tomar la ametralladora manteniendo el fuego hasta que soy herido en la otra pierna y vuelvo a caer ya sin poder levantarme. Mis compañeros cadetes me instaban a cubrirme en un sitio seguro, pero por la sordera que me producía el tableteo de la ametralladora, no hice caso, y continué disparando a los yanquis invasores, porque eso era yo, un oficial de artillería. Supe después que causamos 22 bajas en total.

¿Qué ocurre después? –pregunté notando que el fantasma de José Azueta se agitaba al relatar los hechos.

-Mi compañero Juan Castañón corre hacia mí y me levanta para llevarme al interior del plantel, y al ser arrastrado recibo otro balazo en el brazo. Mientras me mantuve disparando perdí mucha sangre. Por eso me conducen al hospital de sangre y después a mi casa, para ser atendido por un médico local, en un estado ya muy delicado. A las 7 de la noche, después de un intenso bombardeo, se acuerda la rendición de la Escuela Naval Militar.

-Dicen que Fletcher al conocer su valentía dijo: “Shit. Like the Chapultepec castle’s war. Very young soldiers. Send our doctor”. Y manda a su cirujano para que lo atendiera joven Azueta.

-Se presenta en la puerta de mi casa y anuncia el motivo de su visita. En mi cama, débilmente alcanzo a decir que no profane mi casa ni mi dignidad. Por nada del mundo aceptaría la ayuda del enemigo que invadió mi patria.

-La sociedad de Veracruz se entera del suceso, de su comentario, y le brinda admiración y respeto.

-Tres días después por instrucciones del presidente de la República, por meritos contraídos en campaña soy ascendido al grado inmediato superior, Capitán Segundo Táctico de Artillería; 5 días después, en plena lucha por mi vida recibo la condecoración Segunda Invasión Norteamericana, Medalla de Oro. Y el primero de mayo, aún con vida, la condecoración la Cruz de Tercera Clase del Mérito Militar por haber protegido la retirada de la batería manteniendo a raya al enemigo con la ametralladora.

Joven Azueta, eso fue una ayuda que le hizo en un informe de guerra el general Gustavo A. Mass, al secretario de Guerra y Marina para su propia conveniencia política y militar, pues la batería ya se había retirado de la plaza horas antes.

Es entonces que el 10 de mayo de 1914 dejo de existir por las fuertes hemorragias. Al día siguiente mi cuerpo es sepultado acompañado por un gran número de personas.

-¿Y su padre, el comodoro Azueta?

-Él escapa de Veracruz ya que por ser militar no podía quedarse en el puerto sin ser apresado. Al igual que los cadetes sobrevivientes que salen de la Escuela Naval y se dirigen a Tejería para después llegar por tren a la ciudad de México. El cónsul estadounidense en Veracruz William W. Canada le informa a mi padre sobre mi fallecimiento y lo autoriza para que estuviera en mis ceremonias fúnebres y después salir sin ser molestado. Mi padre no acepta, supo de mi actitud ante el enemigo y declinó la oferta.

El joven Azueta calla por un momento. Como promotor de la charla hay cosas que había dejado para el final. Yo no entendía por qué a un joven militar indisciplinado los políticos lo habían considerado con derecho para ponerle su nombre a nuestro municipio, si nunca pisó Zihuatanejo.

-Joven José Azueta, hay algunos puntos que tengo que reclamarle–carraspeo mitad molesto, mitad emocionado-. Primero, usted no tenía que haber muerto a sus 19 años de edad, usted empezaba a vivir y de pronto por un acto irreflexivo muere, pues desobedece una orden de retirada y en el ejército las órdenes se acatan. ¿Acaso pretendía con una ametralladora hundir a toda la flota estadounidense?

¿Usted es de los que les gusta regañar a los muertos? Tarea bastante inútil. Como sabe, en mi paso por la Escuela Naval Militar tuve varios arrestos por mi carácter impulsivo, travesuras de estudiante y desobediencia, me mantuvieron varios días en prisión. Usted es un civil y para explicar mi comportamiento tendría que entender la formación militar que implica proteger la soberanía de la patria. No fui el único que actuó así en Veracruz. El cadete Virgilio Uribe, el cadete Eduardo de la Colina, el cadete Ricardo Ochoa que hizo fuego con su fusil en el mismo lugar en que fui herido. También estuvieron soldados al mando del coronel Albino Rodríguez Cerrillos, miembros de la policía municipal al mando de Laureano López, reos de San Juan de Ulúa que fueron liberados, españoles residentes y muchos civiles que disparaban desde los portales, el hotel Buena Vista y en la torre del faro Benito Juárez.

-¿Defendió a la patria o al chacal Huerta? El asesino de Madero y Pino Suárez, el traidor gran aficionado al coñac francés y al pulque de los llanos de Apan, que incluso por su afición a la marihuana, inspiró la canción revolucionaria La Cucaracha. 

¿Por qué no darse de baja del ejército? ¿Estuvieron al lado de usted peleando contra el invasor los cobardes traidores de Félix Díaz y Manuel Mondragón? ¿Las condecoraciones que le otorgó Huerta le devolvieron la vida? ¿Sabía usted que el capitán de fragata Hilario Rodríguez Malpica en el buque ‘Tampico’ mientras defendía el puerto de Guaymas, Sonora, el 16 de junio se rebela contra Huerta para unirse a las fuerzas de Obregón y que es atacado y derrotado por fuerzas huertistas en lo que se conoce en el mundo como el primer combate aeronaval de Topolobampo, y al capitán Rodríguez Malpica las fuerzas castrenses no lo tienen en la lista de honor como presente?

José Azueta soltó con enojo la taza de café, tirando parte del brebaje negro en la mesa. Su fuerte mirada me intimidó.

-¡No me diga que en estos tiempos ya no existen los ideales, los principios! –preferí no mencionarle al joven Azueta sobre la economía de mercado y los estragos que ha producido en la ética de la clase política y empresarial del país-. Escúcheme usted ahora, mi educación militar inicia con el gobierno de Porfirio Díaz, continuo como teniente cuando estaba el presidente Francisco I. Madero, y si estaba Victoriano Huerta en la presidencia en los momentos en que defendí Veracruz fue simplemente por los vaivenes de la política, por los días convulsos que vivía el país. Tendría usted que haber estado en mi lugar. Defendía a México, no a la persona en la presidencia. Necesita entender las circunstancias del momento histórico para poder juzgarme…

-Ahora se dice el contexto. Lo siento joven Azueta, tiene usted razón, no era mi intención juzgarlo. Lo que pasa es que los políticos mexicanos utilizan a sus jóvenes como carne de cañón mientras ellos discuten con whisky los asuntos de la guerra en sus escritorios. Para mostrar mi reconocimiento permita entonces proporcionarle algunos datos que usted desconoce porque ocurrieron después de su muerte. Los estadounidenses no avanzaron en su invasión hacia el interior del país, se mantuvieron en Veracruz mientras trabajaba la vía diplomática con una conferencia pacifista en Niágara Falls, Canadá, con representantes de Estados Unidos, de Victoriano Huerta y de Venustiano Carranza, interviniendo en la mediación el grupo ABC, los representantes en Estados Unidos de Argentina, Brasil y Chile. Y el 23 de noviembre del mismo año abandonan el puerto de Veracruz entregándolo al gobernador Cándido Aguilar, representante del presidente Carranza, después de haber ocasionado alrededor de 500 bajas entre muertos como usted y heridos. ¡Ah, otra cosa! El capitán del ‘Ipiranga’ se dio cuenta de los barcos estadounidenses y cambia su rumbo navegando hacia Puerto México, hoy Coatzacoalcos, donde logró desembarcar los pertrechos aunque después estos serían capturados por las tropas constitucionalistas.

-Interesantes datos.

-Con relación a Huerta –seguí informándole-, ya desde finales de 1913, antes de la invasión gringa, su suerte estaba echada. Con la llegada de los constitucionalistas a la ciudad de México por el norte, principalmente de Francisco Villa, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Pablo González, y con los gringos en Veracruz, toma la sensata decisión de poner los pies en polvorosa para viajar a Inglaterra y morir después en Texas por complicaciones de una cirugía de vesícula biliar y cirrosis. Son sólo 17 meses en el poder del asesino de Belisario Domínguez –José Azueta no hizo ningún comentario, siguió observando pasar a la gente por la calle con los ojos entrecerrados-. Otros datos, la Secretaría de Guerra y Marina se separa en 1941, con el último gobierno militar del general Manuel Ávila Camacho, y se divide en dos: la Secretaría de la Defensa Nacional y la Secretaría de Marina. Y un dato más, lo invité a platicar aquí, en el puerto de Zihuatanejo, Guerrero, porque se constituyó el municipio el 23 de diciembre de 1953 con el nombre de José Azueta –el joven Azueta volvió la cabeza para mirarme con cara de extrañeza-. Sí, en honor a usted, un guerrerense de nacimiento pero veracruzano de corazón. Y 55 años más tarde, el 6 de mayo de 2008 el municipio cambia de nombre para no perder de vista al puerto, por Zihuatanejo de Azueta.

-Parafraseando a usted, tampoco poner mi nombre a una calle o a un municipio puede regresarme a la vida –dijo el joven Azueta mientras terminaba su taza de café.

Había cosas que preferí no mencionarle al joven Azueta. Que en pleno siglo XXI los Estados Unidos siguen invadiendo militarmente a los países que consideran sus enemigos como Irak y Afganistán, en realidad se trata de controlar sus recursos naturales, principalmente el petróleo y el gas.  A los países supuestamente amigos como México los invaden de otra forma con transnacionales de comidas y bebidas chatarra, o con películas para imponernos todo eso que se conoce como ‘american way of life’. Es cierto, Zihuatanejo se mueve con la industria turística de los visitantes estadounidenses principalmente, de los cuales tengo grandes amigos que nos visitan año con año, sin embargo, como dije anteriormente, una cosa son los ciudadanos y otra los gobiernos. Se trata, a lo largo de la historia, de saquear las materias primas de otros países a precios irrisorios para después revenderlas al propio país ya procesadas a precios elevados, y todo con la anuencia de nuestros gobernantes. Y no quise decirle al joven Azueta que militares y policías estadounidenses trabajan en territorio nacional con el permiso absoluto de las autoridades mexicanas, paseándose como Pedro por su casa. El joven Azueta tampoco debería saber que los actuales jóvenes marinos mexicanos siguen muriendo por el país en una guerra antinarcóticos que no les corresponde, lejos de las costas, guerra que debería afrontar el país consumidor en su territorio. Y no pude evitar hacerme una pregunta, si la generación actual de jóvenes civiles llamados ‘Ninis’ (ni estudian, ni trabajan), estaría dispuesta a sacrificar su vida como lo hizo el joven teniente José Azueta Abad; si la generación desperdiciada, adoradora de los iPod, Facebook, Xbox 360, blogs, Twitter, PlayStation 3, tablets, blu-ray, MP4, tomaría una ametralladora para defender al país de un ejército invasor.

-Agradezco mucho que haya acudido a la cita joven Azueta –me levanté para despedirme de mano.

-Gracias a usted por invitarme –José Azueta con el rostro sereno, sin mostrar sentimientos, también se levantó de su silla y estrechó fuertemente mi mano. Inició su caminata para retirarse y su espectro poco a poco se alejó de la mesa, desapareciendo en las céntricas calles de Zihuatanejo.

Yo, el resto de la tarde permanecí en mi lugar, terminando mi taza de café frío.

Por Rafael Lobato Castro

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